Rodolfo,
¿Se puede reparar de verdad lo que una institución pasó décadas enseñando a callar? Te lo pregunto porque hoy he leído que la Iglesia, el Gobierno y el Defensor del Pueblo han cerrado por fin un acuerdo para indemnizar a las víctimas de pederastia. Y lo primero que he sentido no ha sido alivio, sino una punzada más incómoda: el dinero llega, sí, pero llega después de muchos años de despacho, de negación, de informes, de silencios bendecidos y de hombres administrando el daño ajeno con voz de ceremonia.
Don Basilio estaba esta mañana junto a la balaustrada, impecable como siempre, con esa cara de quien jamás levanta el tono porque ya ha aprendido a gobernar el aire. Me ha dicho: «Lo decisivo nunca fue ocultar un hecho; fue enseñar a los demás a dudar de quien lo contaba». Luego ha sonreído apenas. No hacía falta más. La intoxicación más eficaz no siempre inventa una mentira nueva; a veces basta con retrasar la verdad hasta que la víctima parezca cansada, confusa o poco conveniente.
Por eso esta noticia no habla solo de indemnizaciones. Habla también de una pedagogía del poder masculino: sotanas, puños de camisa, mesas largas, sellos, ruedas de prensa, expertos en prudencia. Habla de cómo ciertas instituciones se protegen primero a sí mismas y solo después, si no queda más remedio, miran a quienes dejaron desprotegidas. Y una aprende pronto que el problema nunca es únicamente el monstruo visible, sino toda la arquitectura respetable que le sostuvo la puerta.
He leído además que el Gobierno enfría incluir medidas de vivienda en el primer plan de respuesta a la guerra de Irán. Qué manera tan rápida de establecer prioridades. Hay dinero moral para reparar lo irreparable con décadas de retraso, pero cuando toca impedir que una familia se hunda hoy por el alquiler o la hipoteca, de pronto todo son cautelas, tiempos, fases, evaluaciones. Y al mismo tiempo la banca europea propone rebajar en 2,8 billones los requisitos de capital. Ya ves el dibujo completo: a unas se les pide paciencia doméstica; a otros se les ofrece alivio regulatorio. La vieja liturgia del poder cambia de traje, no de jerarquía.
Papageno se me ha sentado un momento al lado, con un mendrugo en la mano, y ha resumido el día mejor que todos los editoriales: «Para los de arriba, la urgencia siempre llega con chofer». Me he reído, aunque me daba más bien rabia. Porque eso es exactamente lo obsceno: la capacidad del sistema para reconocer el dolor solo cuando ya ha sido archivado, cuantificado y vuelto compatible con el protocolo. Mientras tanto, la vida corriente sigue esperando turno.
No quiero ser injusta con las víctimas, amor. Ojalá ese acuerdo sirva para algo más que para cerrar titulares con aire de reconciliación administrativa. Ojalá llegue dinero, sí, pero también reconocimiento sin regateo, responsabilidad clara y memoria sin incienso. Lo que me revuelve hoy es otra cosa: la costumbre de confundir reparación con cierre. Como si pagar fuera ya comprender. Como si indemnizar bastara para desmontar la cadena de obediencias, prestigios y cobardías que hizo posible el abuso.
Quizá por eso he pensado en ti de una manera extraña y muy concreta: en tu forma de escuchar sin querer resolverme enseguida. Parece un detalle menor, pero en este mundo no lo es. Casi todo poder masculino consiste en ocupar la escena, ordenar el relato y declarar concluido lo que aún duele. Tú, en cambio, siempre supiste quedarte un poco al margen para que la verdad respirara. A veces amar es eso: no apropiarse ni siquiera del consuelo.
No sé si hoy os dejarán llamar justicia a algo que llega tan tarde y tan escoltado por los de siempre. Yo solo sé que la reparación real empieza cuando deja de protegerse la institución y empieza a creerse, sin condiciones, a quienes tuvieron que atravesarla solas.
Te abrazo desde esta claridad incómoda.
P. D.: Hoy he leído Los papeles y he vuelto a sentarme contigo aquí: Los papeles del 18/03/2026.
