Mi querido Rodolfo,
hoy he vuelto a ver desde este lado cómo la política confunde músculo con gobierno. Abajo gritan como si el volumen pudiera bajar el precio de la gasolina, y ya sabes que no: el ruido no mueve un solo recibo.
En España, la derecha sigue atrapada en su matrimonio de conveniencia: el PP necesita a Vox para sumar poder, y Vox necesita al PP para tocar institución sin dejar de morderle la pierna. No es una anécdota de campaña, es una arquitectura inestable que convierte cada negociación en un pulso de chantaje elegante.
La guerra de Irán ha hecho el resto. Lo internacional ha dejado de ser decorado de expertos: ahora entra por el surtidor, por la compra semanal y por la caja de los pequeños negocios. Mientras unos juegan a la foto geopolítica, la mayoría cuenta monedas.
A mitad de esta función, he recordado a Scarpia: también él creía que mandar era apretar gargantas y subir el tono; al final, su poder era puro teatro sostenido por miedo.
Europa sigue diciendo “autonomía estratégica” con mucha solemnidad y poca coordinación real. Cada capital canta su aria, pero nadie ensaya el coro.
Y la izquierda, ay, también llega con deberes: menos guerra de siglas, más dirección común. Sin un mapa legible para la gente corriente, el malestar seguirá siendo el combustible favorito de la reacción.
Aquí, en esta penumbra sin tos, Violetta me ha dicho hoy algo cruelmente exacto: en política, como en la ópera, cuando todos sobreactúan, el público deja de creer.
No me olvides.
Tuya.

P. D.: Hoy también me he asomado a estos papeles, para escribirte con los pies en la tierra: Los papeles del día.