Mi querido Rodolfo,
Esta tarde he estado leyendo nombres de mujer como quien mira una puerta y no sabe todavía si detrás hay salvación o simplemente un poco menos de intemperie. Tengo miedo, amor. No un miedo teatral, sino ese miedo que tan bien conocemos las mujeres, ese que empieza cuando una nota que los hombres de siempre vuelven a hablar con demasiado apetito y con esa sonrisa de quien cree que pronto podrá mandar sin pedir perdón. Si el PP y Vox llegan juntos, ya sabemos lo que vendrá: menos derechos, más desprecio, más pedagogía del aguante para nosotras.
Violetta se ha sentado conmigo un rato y me ha dicho algo muy sencillo: «Lo peor no es que quieran volver; lo peor es que creen que el escenario les pertenece». Y pensé que tal vez no haga falta otra consigna, ni otro frente armado con siglas fatigadas, sino una mujer capaz de entrar en escena sin parecer hija de ninguna sacristía partidista. Una mujer que pudiera reunir a Izquierda Unida, a Más Madrid, a Sumar y a los Comunes no como quien zurce una avería, sino como quien devuelve dignidad a una casa desordenada.
He pensado primero en Marina Garcés, porque tiene la rara virtud de sonar seria sin sonar muerta, y de hablar de lo común sin que parezca una nota al pie. He pensado también en Alicia Puleo, porque en ella hay una manera decente y firme de mirar el mundo sin convertir cada frase en un mitin. Se me ha cruzado luego Remedios Zafra, porque sabe nombrar la fragilidad contemporánea sin disfrazarla de modernidad feliz, y eso hoy vale mucho. Y he vuelto varias veces a Cristina Monge, porque transmite una idea de conversación pública adulta, algo tan escaso ahora que casi parece extravagante.
No digo que una de ellas tenga que ser necesariamente la elegida. Digo que me gusta lo que representan: inteligencia sin histeria, autoridad sin aparato, izquierda sin liturgia de derrota. Justo lo contrario de esa política de gesto inflamado que a veces confunde convicción con monocultivo del agravio. Si ese espacio quiere achicarle terreno a Irene Montero, no debería buscar una copia mejor peinada, sino otra clase de mujer: una que vuelva innecesario el grito porque devuelva prestigio a la razón, espesor al cuidado y gravedad a la palabra pública.
Ya sé que ninguna candidatura se resuelve con encanto intelectual. Hace falta organización, dinero, disciplina, y hasta esa mugre menor de los egos que siempre acaba apareciendo. Pero también sé que los nombres importan, porque ordenan las esperanzas o las arruinan. Y ahora mismo la izquierda alternativa necesita menos una jefa y más alguien capaz de recomponer un poco la confianza sin parecer un apaño de última hora.
Quizá me equivoque, Rodolfo. Quizá ninguna quiera bajar a este patio de butacas lleno de vanidad, codazos y humo. Pero esta tarde, mientras le doy vueltas a todo esto, sigo pensando que una voz así podría hacer algo nada menor: recordar que la seriedad no tiene por qué encarnarse en una voz de barítono ni parecerse siempre a un puño sobre la mesa.
Escríbeme pronto, amor mío. Hoy necesito más que nunca calentar con las tuyas mi gelida manina.