Rodolfo,
esta mañana he encontrado un botón tuyo en el costurero, uno de esos oscuros, serios, que parecen hechos para aguantar inviernos. Lo he tenido un rato en la palma antes de leer Los papeles. No pesa casi nada, y sin embargo me ha recordado mejor que muchas tribunas lo que significa sostener una vida: que todo cuelga de hilos pequeños, de puntadas discretas, de cosas que nadie aplaude mientras cumplen su trabajo.
Luego ha venido Papageno silbando por el pasillo con un reloj de cocina en la mano. Ya sabes cómo es: cuando se pone solemne, parece una broma; cuando hace una broma, a veces acierta más que un consejo de ministros. Me ha dicho: «Hay oficios en los que te cuentan hasta el último segundo de retraso, pero ni un minuto de cansancio». Y se ha sentado a mi lado como quien viene a pelar patatas y termina diagnosticando un régimen.
Lo decía por esa noticia del Consejo de Estado que ha tumbado el refuerzo del registro horario que impulsaba Trabajo. Siempre me ha fascinado esa habilidad del poder para aceptar la existencia del abuso en abstracto y bloquear cualquier herramienta concreta para medirlo. Las horas extraordinarias desaparecen con una elegancia admirable cuando conviene a la empresa, como desaparecen tantas otras cosas: el descanso, la espalda, la cena caliente, la paciencia de quien llega a casa y ya no tiene voz para contar cómo le ha ido el día. Después llamarán flexibilidad a lo que no es más que una forma bien peinada de robar tiempo ajeno.
También he leído que un juez de Getafe ha imputado por prevaricación al firmante de los protocolos de la vergüenza en las residencias madrileñas. Ahí ya no hablamos de minutos, sino de respiraciones. Qué país tan extraño, Rodolfo: hay decisiones que se firman en un despacho y tardan años en empezar a llamarse por su nombre, como si la tinta necesitara un largo recorrido antes de parecerse a la culpa. Mientras tanto, las familias han tenido que vivir con la obscenidad de saber que aquello que se hizo tenía forma administrativa, sello, lenguaje técnico, coartada burocrática. La crueldad contemporánea suele entrar así: no grita, archiva.
Y, por si faltara la costumbre de administrar la vida ajena desde lejos, Juanma Moreno ha convocado elecciones andaluzas para el 17 de mayo. No me escandaliza que se vote; me escandaliza la naturalidad con que la política institucional convierte el calendario en arma táctica mientras fuera de los despachos la gente sigue contando turnos, alquileres, viajes al ambulatorio y carros de la compra. A algunos les cabe el país entero en una fecha conveniente. A otros no les cabe la semana en el salario.
Desde más lejos, pero no tanto como fingen, llegan las noticias de la guerra de Irán: algoritmos que ayudan a elegir objetivos, infraestructuras energéticas dañadas y la AIE estudiando nuevas liberaciones de crudo, como si incluso el espanto tuviera que traducirse enseguida a flujo, suministro y corrección de mercado. Papageno, que había dejado el reloj sobre la mesa, me ha dicho entonces algo muy simple: «Siempre encuentran petróleo antes que compasión». No he sabido corregirle.
Yo te escribo desde esta orilla donde las cosas siguen teniendo cuerpo. Una jornada tiene párpados, una residencia tiene manos que esperan, una urna tiene su teatro, una guerra tiene carne antes que gráficos. Quizá por eso hoy no he sentido rabia limpia, sino una clase de tristeza meticulosa. La tristeza de ver cómo casi todo se organiza para no mirar de frente a quien sostiene el peso. Quién manda ya lo sabemos; la pregunta sigue siendo quién carga con la factura y quién se permite llamarla gestión.
He dejado el botón otra vez en el costurero. No para olvidarlo, sino para no perder la costumbre de reparar. Tú me entiendes: querer a alguien también consiste en negarse a que le roben las horas, el aire o el nombre de lo que le hicieron.
Hoy te querría cerca, sin decir mucho.

P. D.: Hoy he leído Los papeles y he vuelto a ellos contigo para no confundir gestión con demora ni táctica con cuidado: Los papeles del 24/03/2026.