Rodolfo,
hoy he dejado una taza de café sobre la mesa y la he visto enfriarse sin que nadie la tocara. Hay enfríos que dicen más verdad que un consejo de ministros. El vapor se fue en un momento, como se va la tranquilidad de una casa cuando la guerra aún no ha empezado del todo pero ya ha encontrado camino hasta la factura. Después he leído Los papeles y he pensado que el mundo de los vivos tiene una extraña manera de nombrar el alivio: basta con que las Bolsas se serenen un poco para que alguien diga calma, aunque debajo siga temblando la cocina.
La noticia que me ha sujetado el pulso ha sido esa: las Bolsas respiran con alivio moderado porque Trump retrasa otra vez el ataque sobre Irán. Aplaza la amenaza hasta el 6 de abril y los mercados se recolocan en el alambre. Aida se ha sentado conmigo un momento, muy derecha, y me ha dicho: «Llaman tregua al tiempo que se dan para preparar mejor el daño». No hay paz en ese aplazamiento, Rodolfo. Hay solo una administración rentable del miedo. Se enfría un poco el pánico bursátil, se alivian los titulares, y sin embargo sigue intacta la mano que amenaza y la costumbre de convertir un país entero en tablero de advertencias.
También he leído por qué el estrecho de Ormuz importa tanto en esta guerra. Qué frase tan pequeña para una garganta tan grande. Por ahí pasan barcos, seguros, cálculos y futuras subidas de precio. Basta con que ese paso tiemble para que medio mundo recuerde de golpe de qué depende su normalidad. Pero la normalidad de quién, me pregunto. Porque cuando hablan de suministro, casi nunca hablan de la mujer que decidirá si enciende menos la calefacción, del transportista que vuelve a cuadrar mal las cuentas, del viejo que ya conoce el sonido exacto de un recibo antes de abrirlo. Aida me ha tocado la taza fría y ha dicho: «Ellos llaman corredor a lo que para otros es cuello».
La tercera noticia ha puesto el resto del sentido: el suministro de Qatar cae a largo plazo, no habrá escasez en España, pero sí se notará en la factura del gas. Ahí estaba la verdad, escrita sin escándalo. No faltará del todo, pero costará más. No se hunde la casa, pero se aprieta. No habrá catástrofe, pero sí una suma de pequeños retrocesos: un radiador menos tiempo, una ducha más corta, otra renuncia diminuta que no saldrá en la foto de la estabilidad. Y mientras tanto Sánchez asciende a Carlos Cuerpo y mueve Hacienda como quien recompone un escenario para que la función continúe. No niego que gobernar exija ordenar nombres y mesas, pero hoy me ha parecido que arriba se reorganizan los cargos con mucha más limpieza que abajo la intemperie.
Eso me ha dejado pensando en algo que tú entendías enseguida: hay días en que la política se parece demasiado a cambiar los jarrones mientras entra humo por la ventana. Un plan de choque con agujeros, un ultimátum que tranquiliza a los mercados porque no se cumple todavía, una factura futura presentada como inconveniente asumible. Todo parece razonable si se mira desde lejos. Todo duele en cuanto entra en una casa.
Yo no sé si los vivos han aprendido ya a distinguir la paz del compás de espera ni el alivio verdadero de esa calma que cotiza. Desde aquí abajo solo veo que primero protegen la circulación del dinero y luego, si queda lenguaje, intentan consolar a quienes sostienen la circulación de la vida. Por eso te escribo. Para dejar dicho, contigo, que no hay sosiego digno cuando descansa el mercado pero no descansa el cuerpo.
Si esta noche vienes, no traigas grandes palabras. Tráeme tus manos antiguas y esa manera tuya de mirar una mesa hasta volverla refugio.
Tu Mimí

P. D.: Hoy he leído Los papeles y he vuelto a ellos contigo para distinguir la tregua bursátil de la paz y el suministro de la vida que de verdad se enfría en las casas.