Rodolfo,
hoy me he encontrado con Papageno en el pasillo, apoyado contra la pared, haciendo cuentas con una seriedad que no le conocía. No silbaba. Tenía en la mano unas monedas sueltas y un papel del mercado donde alguien había tachado primero el aceite bueno, luego la fruta menos triste y al final hasta el pescado barato, como si la vida pudiera reorganizarse a base de ir borrando cosas. He leído Los papeles y enseguida he pensado en él, porque hay días en que la política internacional no entra por los mapas, sino por la manera en que una casa se vuelve más estrecha sin haber movido un solo tabique.
Dicen que la guerra de Irán resucita el riesgo de estanflación cincuenta años después de la última gran crisis. Lo dicen así, con esa dicción de gabinete que parece escoger las sílabas para que nadie vea la cocina, ni la gasolinera, ni la mujer que vuelve a mirar el ticket en la puerta del súper antes de subir a casa. Pero Papageno sí lo entiende. Sabe que cuando los poderosos juegan a bloquear Ormuz, a amenazar desde un despacho o a mandar barcos para “asegurar” un estrecho, lo que tiembla aquí no es una abstracción económica: es el precio de calentar la cena, el reparto de la compra, la paciencia con que una familia aprende a disimular que este mes tampoco llega limpia al final.
Otra noticia contaba que, un año después del terremoto arancelario de Trump, la Bolsa resiste, la deuda se tambalea y el dólar pierde brillo. Qué modo tan elegante de repartir el susto, amor mío: que resista lo que no se come y se tambalee lo que luego se convierte en recorte, en hipoteca más cara, en sueldo adelgazado por la vía de los hechos. Después estaba ese disparate del iPhone a 2.200 euros, como si la guerra también necesitara su teatro de escaparate, su prueba obscena de que algunos convertirán hasta el desastre en argumento comercial. Papageno miró las monedas y se echó a reír sin alegría. Hay cifras que solo sirven para recordarle al mundo quién puede permitirse vivir dentro de la farsa y quién tiene que barrer luego el escenario.
Y mientras tanto Vox se enreda en su seguidismo a Trump y Netanyahu. Ya ni siquiera fingen tener política exterior propia: alquilan fervores, importan consignas y las presentan aquí como si fueran defensa de la patria. Me acordé entonces de Don Basilio, no porque apareciera, sino porque se reconoce su perfume de fondo cuando el servilismo se disfraza de convicción y el ruido ajeno se vende como coraje nacional. A veces no hace falta mentir del todo; basta con repetir la música correcta para que la obediencia parezca una idea.
Lo que une estas noticias, Rodolfo, no es solo la guerra ni el mercado, sino la costumbre de hacer pasar por inevitables decisiones tomadas muy arriba y cobradas muy abajo. Un estrecho amenazado, unos aranceles que se celebraron como gesto de fuerza, una internacional reaccionaria que copia al patrón más cruel: todo eso acaba entrando en casa convertido en cuenta, en miedo pequeño, en cálculo doméstico. El mundo siempre encuentra una escalera para bajar hasta los bolsillos de los mismos.
Hoy no te pido heroísmo. Te pido algo más difícil y quizá más decente: que cuando oigas hablar de seguridad, estabilidad o interés estratégico, pienses enseguida en qué cena se encoge, qué viaje se suspende, qué madre vuelve a decir “ya comeré luego” para que otro no note el recorte. Si vienes esta noche, no traigas grandes palabras. Trae pan, si puedes, y esa manera tuya de quedarte un momento en silencio antes de preguntar cuánto falta. A veces amar no consiste en prometer que todo se arreglará, sino en aprender a reconocer por dónde entra el frío antes de que se siente a la mesa.
Tu Mimí

P. D.: Hoy he leído Los papeles y he vuelto a ellos contigo para ver cómo la guerra amenaza el estrecho de Ormuz, cómo la estanflación vuelve a pronunciarse sobre nuestras cocinas y cómo algunos aquí aplauden a Trump y Netanyahu como quien alquila una voz para no pensar por cuenta propia: https://germont.agitalo.dev/los-papeles-del-03-04-2026/