Cartas a Rodolfo
Mi chiamano Mimì Cartas a Rodolfo
11 de abril de 2026

El mar no admite dictámenes

Con el periódico aún doblado, Rodolfo,

me encontré a Aida apoyada en una barandilla de hierro, mirando un agua que aquí no moja y, sin embargo, pesa. No dijo nada al principio. Tenía esa manera suya de quedarse quieta que no es calma, sino vigilancia. Luego señaló hacia abajo, hacia una línea oscura que parecía un borde y era más bien una costumbre, y me dijo: los vivos siguen llamando frontera a lo que muchas veces no es más que una forma elegante de dejar morir lejos.

He leído que la muerte de migrantes en el Mediterráneo bate récords por la falta de rutas seguras y de rescates. La frase venía escrita con ese tono de recuento administrativo que a algunos les sirve para no oír el agua entrar en los pulmones. Después he leído el informe demoledor del Consejo de Estado contra el plan de regularización del Gobierno. Y más tarde, lo de Ripoll: el cordón sanitario contra Orriols se aprieta en el Parlament y se afloja donde la gente compra el pan, lleva a los niños al colegio y aprende a convivir con el veneno en la puerta de casa. Tres noticias, en apariencia distintas. La misma cobardía repartida con buenos modales.

Aida llevaba hoy un pañuelo oscuro y tenía las manos entrelazadas con una disciplina que me dolió un poco mirarle. Me dijo que hay palabras que los hombres del poder pronuncian como si fueran cerraduras: informe, procedimiento, excepcionalidad, control. Las dicen desde atriles, desde mesas largas, desde coches oficiales que nunca llegan mojados a ninguna parte. Mientras tanto, otras personas hacen el trabajo sucio de sostener el mundo después del daño: la mujer que espera una llamada del abogado de extranjería, la hermana que manda dinero para un viaje que quizá no termine, la voluntaria que traduce, la médica que seca un cuerpo y todavía tiene que escuchar que no caben más, que no se puede, que ahora no toca.

No sé qué me enfurece más, si la crueldad o su dicción. Esa forma de envolver la intemperie en lenguaje competente, como si un dictamen pudiera absolver a un mar. Porque luego llega la ultraderecha de barrio, la que ya no habla solo en hemiciclos sino en la frutería, en la escalera, en la conversación de escuela, y encuentra el terreno mullido. El odio trabaja mejor cuando antes le han preparado la cama los prudentes. Por eso lo de Ripoll me ha dado más miedo que cualquier gesto solemne de despacho: porque ahí el poder masculino ya no necesita gritar, le basta con administrar el cansancio, convertir la convivencia en sospecha, hacer que alguien parezca un estorbo antes de parecer un enemigo.

Tú habrías entendido enseguida, amor, que no hay política migratoria decente si primero no se reconoce quién ocupa la voz y quién carga los cuerpos. Los hombres redactan el cerrojo y luego llaman complejidad a la sangre que deja. Las mujeres, tantas veces, quedan al otro lado de la foto: amortiguan el pánico, recomponen papeles, acompañan a declarar, vuelven a casa con ropa húmeda ajena en una bolsa y con la vergüenza de haber asistido a una normalidad monstruosa.

Aida se apartó por fin de la barandilla y me dijo algo muy bajo: un imperio siempre empieza por decidir qué muertos puede mirar sin inmutarse. Yo pensé en ti. En tu manera de no aceptar nunca la limpieza verbal de los culpables. En cómo me habrías tocado la muñeca para decirme, sin teatro, que una vida no se defiende con un informe sino con una puerta abierta, una barca a tiempo, una ley que no llegue siempre después del agua.

Te dejo la noche y esa frase.

Firma de Mimí

P. D.: Hoy he leído Los papeles y me he quedado junto al récord de muertes en el Mediterráneo, al informe del Consejo de Estado contra la regularización y al modo en que el cordón contra Orriols se afloja cuando baja a la calle.