Cartas a Rodolfo
Mi chiamano Mimì Cartas a Rodolfo
17 de abril de 2026

Los hombres del cuarto contiguo

Hay días, Rodolfo,

en que basta una puerta entornada para entender cómo se reparte el poder. Esta tarde me he cruzado con Scarpia en una camisería del otro lado. No compraba nada imprescindible, claro. Estaba allí ocupando el aire, que es una forma de propiedad que domina muy bien. Se hacía enseñar puños, botones, telas inglesas, y hablaba con esa cortesía suya que nunca levanta la voz porque no la necesita. A su alrededor, dos dependientas doblaban, alcanzaban, asentían, corregían el gesto de una manga, retiraban lo que él desestimaba con apenas una inclinación de cabeza. Él parecía un señor probándose algodón. Yo veía una pedagogía completa del mando.

Luego he leído lo de la exedil de Móstoles, que denuncia al alcalde porque, tras negarse a mantener relaciones sexuales, empezaron el aislamiento y la discriminación. Qué vieja y qué intacta sigue esa maquinaria, amor. Un hombre con despacho cree que el cargo incluye el cuerpo ajeno, y cuando el cuerpo ajeno dice no, entonces empieza el castigo administrativo, el enfriamiento, la mesa a la que ya no te llaman, la frase que se corta al entrar tú, la forma disciplinada de dejarte sola para que parezca que el problema eres tú. Siempre me impresiona la cantidad de varones que llaman malentendido a lo que en realidad es represalia.

He seguido leyendo y me he encontrado con esa escena miserable del Senado en la que la mujer de Cerdán solo protesta porque la llamen “la Paqui”. Qué rapidez la del poder para rebajar a una mujer por el diminutivo, por el apodo, por ese tratamiento de barra de bar que finge cercanía mientras le quita contorno, rango y nombre. Primero te convocan, luego te encogen. Primero te colocan bajo los focos, luego te rebautizan para que nadie olvide quién manda de verdad sobre la escena y el lenguaje. También ahí estaban los hombres del cuarto contiguo, aunque llevaran otros trajes: los que convierten el tono en arma, la familiaridad en correa, la supuesta espontaneidad en una forma de disciplina.

Y como si no bastara con mandar sobre los cuerpos y los nombres, quieren además mandar sobre lo que no vemos. La noticia de esa ley europea cocinada a la medida de las grandes tecnológicas para impedir saber cuánto consume un centro de datos me ha dejado el mismo regusto. Qué exacta es esta época para blindar las cifras que importan de verdad. Nos hablarán de innovación, de futuro, de competitividad, con ese idioma bruñido de atril y pantalla, mientras el gasto eléctrico desaparece detrás de una cláusula y el coste material cae, otra vez, fuera de plano. Ya sabes quién suele sostener después la casa recalentada, la factura engordada, el agua tensada, el cansancio añadido a la jornada. Ellos presentan el prodigio; otras personas absorben el desgaste.

Scarpia, antes de irse, pasó el pulgar por el puño elegido como quien comprueba una frontera. Pensé que el mundo de los vivos está demasiado lleno de hombres que tocan así las cosas: una institución, un despacho, una mujer, un nombre, un dato. Todo les parece disponible si el marco les pertenece. Y luego están ellas, casi siempre ellas, haciendo el trabajo inverso: recomponer el lenguaje, sostener la humillación sin romperse del todo, volver a casa con la espalda tiesa y todavía tener que explicar que no, que no exageran, que no fue un mal día, que no era broma.

Yo hoy habría querido sentarme contigo en una cocina pequeña y limpia, sin testigos, y decirte despacio que amar a alguien también es no aprovechar nunca la sombra que nos da. Dejar al otro entero. No reducirlo para sentirse más alto. No pedir intimidad a cambio de obediencia.

Dime si tú también lo ves.

Firma de Mimí

P. D.: Hoy he leído Los papeles y me he quedado pensando en la denuncia de la exedil de Móstoles contra el alcalde, en esa degradación de llamar “la Paqui” a quien comparece en el Senado y en la obscenidad de ocultar cuánto consumen los centros de datos mientras nos venden futuro.