Rodolfo,
hoy he pensado en el ruido que hacen las sillas cuando no sostienen un cuerpo cansado, sino una ambición. Es un ruido distinto. No cruje la madera: cruje el aire a su alrededor. He leído Los papeles temprano, sabiendo que el día venía lleno de movimiento y que nada de ese movimiento iba a aliviar a quien friega un vaso o repasa una cuenta con el dedo. Papageno andaba por aquí, silbando muy flojo, y me ha dicho que en el mundo de los vivos siempre se nota cuándo discuten por el sitio antes que por la tarea.
La noticia que más me ha dejado pensando es esa tensión entre Carlos Cuerpo y Yolanda Díaz, esa escalada del PSOE y Sumar hacia las vicepresidencias, como si el problema principal del día fuera dónde termina cada respaldo y dónde empieza cada codo. No digo que el reparto del mando no importe. Importa porque detrás de cada silla hay presupuesto, jerarquía y capacidad de imponer una versión de las cosas. Pero hay días en que el poder habla de sí mismo con una franqueza casi obscena: ya no discute siquiera el rumbo, sino la altura exacta desde la que se mira a los demás. Papageno, que entiende de hambre mejor que de protocolo, se ha reído sin alegría y ha dicho: «Cuando la casa anda torcida, ellos se pelean por quién sale más centrado en el retrato».
La segunda noticia parecía de otro tiempo y, sin embargo, era de este mismo barro: el juez concede la libertad condicional a Pablo Crespo, número dos de Gürtel. Qué manera de no terminar nunca de ventilar una habitación. Cambian los ministros, cambian las estrategias, cambian los nombres que hoy suben y mañana bajan, pero siempre queda una puerta entornada por la que vuelve a entrar el aire viejo de la impunidad. No hablo solo de un hombre concreto, Rodolfo. Hablo de esa pedagogía miserable por la cual el poder corrupto nunca acaba de irse del todo: se retira un poco, adelgaza, espera, toma otro color, y al cabo regresa convertido en precedente, en olvido administrado, en cansancio público. También eso enseña a la gente quién puede esperar tranquilo y quién no.
Y mientras tanto, el PP revisa su estrategia tras el ascenso de Carlos Cuerpo. Qué verbo más limpio para una operación tan tosca: revisar. Como si la oposición fuese una camisa que se ajusta ante el espejo y no una forma de decidir a quién se protege, a quién se sacrifica y a quién se deja pudrir en una lista de espera. He leído esa revisión al lado de otra noticia más callada y más seria: el brent cierra la semana en 112,57 dólares y Europa vuelve a temer la inflación. Ahí estaba, otra vez, la verdad material del día. Arriba se corrigen posiciones; abajo se prepara el siguiente mordisco. No hay vicepresidencia capaz de freír un huevo más barato. No hay estrategia de partido que le explique a una madre por qué la compra vuelve a encogerse sin hacer ruido.
Por eso me he pasado el día con una sensación muy precisa: la política española se parece a veces a una sala donde todos miden la distancia entre sus sillones mientras la corriente entra por la ventana rota. Unos negocian rango, otros recalculan discurso, otros salen antes de tiempo de la condena moral que creíamos firme, y entretanto el precio del mundo sigue cayendo sobre la mesa de quien no ha sido invitado a la reunión. Lo decisivo no es solo quién manda, amor mío, sino quién puede permitirse convertir el mando en conversación de interiores mientras los demás lo notan en la cesta, en la gasolina, en el gesto de renunciar a una cosa más.
Si vienes esta noche, no me hables de equilibrios. Siéntate cerca y ayúdame a distinguir, una vez más, entre la silla y el peso.
Tu Mimí

P. D.: Hoy he leído Los papeles y he vuelto a ellos contigo para mirar cómo crujen las vicepresidencias, cómo se ventila a medias la corrupción y cómo el petróleo termina sentándose siempre en la mesa de los de abajo: https://germont.agitalo.dev/los-papeles-del-28-03-2026/