Querido mío,
me crucé con Papageno en una plaza pequeña, junto a un puesto donde colgaban cebollas, ajos y unas cazuelas abolladas que parecían haber sobrevivido a varias patrias. Llevaba en la mano una silla plegable. No una flauta, no una jaula, no ninguna de sus fanfarrias: una silla plegable, como quien se prepara para asistir a una reunión en la que sospecha que va a faltar media gente importante. La abrió delante de mí, se sentó, miró el aire y dijo: lo peor no es que no vengan, Mimì, lo peor es cuando encima pretenden que la ausencia sea una idea brillante.
Ya ves por dónde iba. He leído que Rufián y Montero hablan de “inventar algo electoral” para frenar al fascismo, y la frase se me ha quedado dando vueltas como esas expresiones que quieren sonar audaces y a veces solo delatan que nadie ha encontrado todavía el coraje de llamar a las cosas por su nombre. También he leído que las comunidades del PP han plantado al Gobierno en la sectorial sobre menores migrantes, como si dejar una silla vacía fuera una forma razonable de gobernar a criaturas que llegan cansadas, asustadas y con más mundo encima del que cabe en una mochila. Y luego estaba la multa firme de 3,6 millones a Alquiler Seguro por prácticas abusivas contra inquilinos, que es otra manera de sentarse sobre la vida ajena y cobrar por ello.
Papageno golpeó con los nudillos el asiento de la silla, como si comprobara su resistencia. Me dijo que los poderosos llevan siglos descubriendo palabras para no pronunciar la intemperie que causan. “Inventar algo”, “reparto”, “cláusula”, “seguridad”, “mercado”, “responsabilidad limitada”. Cuanto más limpia la expresión, más probable que haya alguien fregando después su suciedad verdadera. Yo pensé enseguida en las mujeres que suelen quedarse a ordenar la escena cuando los hombres ya han terminado de posar, de plantarse o de teorizar. Una llama a la abogada, otra rehace números en la libreta, otra espera al hijo que ha cambiado de centro tres veces, otra aguanta la llamada del casero con esa cortesía tensa que da miedo incluso cuando se domina.
No me impresionan las sillas vacías, Rodolfo. Me impresionan las cocinas ocupadas. Me impresiona la gente que vuelve del trabajo y se sienta a calcular si este mes puede soportar otra comisión ilegítima, otra fianza tramposa, otro alquiler disfrazado de servicio. Me impresiona esa madre que escucha hablar del “reparto” de menores y entiende, antes que nadie, la obscenidad de convertir una infancia en un pulso territorial. Me impresiona también que todavía haya quien crea que el fascismo se frena solo con geometría electoral, como si no hubiera que tocar al mismo tiempo la humillación cotidiana sobre la que crece: el abuso del casero, el cierre de la mesa, la superioridad del despacho, la voz grave que pontifica mientras otra persona recoge los trozos.
Papageno, que a veces parece tonto para que descansen los listos, soltó una frase mucho más seria que su silla: cuando una época se llena de estrategias, alguien tiene que volver a preguntar quién paga la cena. Y claro, ahí estabas tú sin estar, porque yo te he querido siempre también por eso, porque sabías distinguir entre la palabra hinchada y el pan escaso. Contigo una idea tenía que poder sentarse a la mesa sin avergonzar a nadie. Contigo la política no podía olvidar el precio del aceite, el miedo del buzón, el cuerpo de quien espera una llave o una plaza o una respuesta.
No sé si habrá que inventar algo, amor. Quizá antes habría que dejar de fingir que el daño no está ya perfectamente inventado. Quizá bastaría con mirar de frente quién ocupa el espacio, quién lo abandona para sabotear, quién lo alquila con trampa y quién se queda al final poniendo otra silla para que nadie cene de pie.
Hoy lo dejo aquí.

P. D.: Hoy he leído Los papeles y me he quedado pensando en esa palabra inventada para frenar al fascismo, en las sillas vacías de la sectorial sobre menores migrantes y en la multa a Alquiler Seguro por abusar de quienes solo buscaban casa.