Mi querido Rodolfo,
he desayunado con Papageno en una mesa de hierro pintada de verde, al fondo de un café donde siempre hay una cuchara que cae y alguien que suspira como si acabara de llegar de muy lejos. Venía contento, no sé si por el sol o por pura vocación de incordio, y me ha dicho: ya era hora de que inventaran un certificado para demostrar que una está hecha polvo. Luego se ha reído solo. Yo también, pero con esa risa que dura poco porque enseguida se parece demasiado a la noticia.
He leído que el Gobierno quiere añadir a la regularización un “informe de vulnerabilidad” que podrán emitir las ONG. No sé quién redactó esa expresión, pero ojalá tuviera que sentarse una tarde entera frente a una mujer cansada, con criaturas alrededor, papeles dispersos y miedo en la voz, para explicarle que además de sobrevivir va a tener que demostrar administrativamente que su daño merece ser creído. Hay palabras que nacen ya con despacho, con sello y con distancia. Vulnerabilidad suena aquí menos a amparo que a ventanilla. Primero te dejan en el borde y luego te piden una constancia oficial de que de verdad estabas cayéndote.
Papageno, que cuando se pone serio afina más de lo que parece, me ha dicho que lo peor de cierta política es esa manía de obligar a la gente a traducir su vida al idioma del permiso. Yo pensaba en todas las mujeres que acabarán sosteniendo esa escena sin salir en el titular: trabajadoras de asociaciones que tendrán que escuchar, ordenar, acreditar y firmar; madres migrantes obligadas a contarse otra vez ante alguien con prisa; compañeras que ya cargaban con la casa, el empleo incierto y el cuidado, y que ahora además cargarán con la pedagogía de su propia fragilidad. El poder masculino tiene a veces esta costumbre pulcra: no pega un portazo, te pone un formulario.
Después he seguido leyendo y he visto a Trump tensando otra vez el estrecho de Ormuz, jugando a cerrar el paso por donde respira media economía del mundo, mientras aquí el Gobierno acelera renovables para contener el golpe energético. Qué forma tan obscena de organizar el planeta, amor: unos hombres enseñando músculo naval sobre el mapa y millones de personas preparando en silencio la adaptación doméstica al capricho ajeno. Siempre hay un despacho que amenaza y una cocina que recalcula. Siempre hay un señor hablando de estrategia y una mujer mirando si podrá poner la lavadora hoy o mañana.
Y, como remate de época, Meta quiere añadir reconocimiento facial a sus gafas inteligentes mientras los críticos andan distraídos. No he podido evitar pensar que al mundo le faltaba justo eso: otra capa de ojos privados fabricados por hombres convencidos de que mirar nunca es invadir, solo innovar. También aquí aparece la misma religión del permiso invertido. Te observan primero y, si protestas, te explican después que todo era por comodidad, por seguridad, por futuro. Basilio habría disfrutado como un cerdo en una huerta con esta noticia, pero hoy no estaba; hoy me bastaba la risa torcida de Papageno para entender que el ridículo ya viene empaquetado solo.
Quizá lo que más me ha apretado del día sea eso, Rodolfo: la costumbre de pedir prueba del daño a quien ya lo trae puesto, mientras otros convierten su ambición en tecnología, frontera o procedimiento. Te juro que hay momentos en que querría sentarme contigo sin hablar de nada, apoyarte la cabeza en el hombro y escuchar cómo pasa el tranvía. Pero luego leo estas cosas y vuelvo a escribirte porque no quiero que la costra del lenguaje administrativo nos robe el nombre real de las heridas.
Dime si tú también lo ves.

P. D.: Hoy he leído Los papeles y me he quedado con ese “informe de vulnerabilidad” para regularizar, con Trump tensando Ormuz mientras aquí se corre con las renovables y con Meta soñando unas gafas que reconozcan caras como si la intimidad fuese una antigualla.