Cartas a Rodolfo
Mi chiamano Mimì Cartas a Rodolfo
20 de marzo de 2026

El turno del apuntador

Rodolfo,

esta mañana me he encontrado a Don Basilio en el corredor largo, el que da a la niebla. Llevaba el periódico doblado con una pulcritud ofensiva y esa media sonrisa de los hombres que disfrutan cuando el ruido ya no necesita alzar la voz para gobernar. Me ha dicho: «No hace falta ganar del todo; basta con que los otros acepten el compás». Luego ha seguido andando, tan satisfecho, y yo he bajado a leer Los papeles con la sensación de que abajo os están escribiendo la partitura con tinta ajena.

Se nota en España con una claridad indecente. El PP asume ya que Vox marca los tiempos de las negociaciones en Extremadura, Aragón y Castilla y León. Fíjate en el verbo, amor: no discute, no corrige, no contiene; asume. Hay palabras que parecen técnicas y en realidad son rendiciones bien peinadas. Después vendrán los hombres serios a explicar que así funciona la aritmética parlamentaria, como si la aritmética obligara también a ceder el tono, el marco y el vocabulario. Scarpia siempre agradece esa clase de cortesía: el autoritarismo entra mejor cuando alguien le sostiene la puerta con modales.

Mientras tanto, María Jesús Montero confirma que los Presupuestos se retrasan unas semanas. Unas semanas, dicen, con esa tranquilidad de despacho desde la que el tiempo nunca cuesta igual. A una familia no se le retrasa unas semanas el alquiler como quien mueve una carpeta de mesa. A una cuidadora no se le aplaza unas semanas el cansancio. A un chaval no se le congela unas semanas la posibilidad de irse de casa sin que eso le encadene medio sueldo. Me irrita esa manera tan masculina de ocupar el calendario como si fuera un pasillo propio: ellos administran plazos; otras personas administran daño.

Y luego está lo del BBVA y Villarejo. La Fiscalía pide 173 años de cárcel para Francisco González y una multa de 180 millones al banco por aquella contratación inmunda. No me interesa la cifra como espectáculo, sino como radiografía. Otra vez los hombres de consejo, de corbata sobria y voz administrada, alquilando suciedad para proteger su poder y llamándolo estrategia. Don Basilio no necesitó desmentir nada esta vez; le bastó con ofrecer sus servicios a puerta cerrada y dejar que el dinero hiciera de incienso. Hay una forma de corrupción muy española que no consiste solo en robar, sino en encargarle a otro la mugre para seguir pareciendo decente en la foto.

Por si faltara telón, el gas y el petróleo vuelven a dispararse por la guerra entre Israel e Irán. El barril toca máximos, el gas se calienta, las Bolsas respiran a trompicones, y ya oigo acercarse a los expertos de mandíbula firme que pedirán serenidad a quienes llenan el depósito contando monedas. Siempre la misma liturgia: arriba hablan de volatilidad; abajo alguien decide si enciende la calefacción, si compra carne o si espera otro mes para cambiar unas gafas rotas. La geopolítica es eso cuando baja del atril: una mano que entra en la cocina sin pedir permiso.

He pensado en ti varias veces mientras leía. No por refugiarme del mundo, sino porque contigo el mundo se ordena un poco y se le ven mejor las costuras. Tú entiendes enseguida que el problema no es solo quién gana una votación, sino quién marca el compás emocional de una época. Si Vox fija los tiempos, si los presupuestos aprenden a llegar tarde y si los bancos pueden tercerizar la cloaca, entonces no se está gobernando: se está enseñando a la gente a vivir dentro del chantaje como si fuera clima.

Papageno, que había escuchado medio escondido tras una columna, se ha reído al final y ha dicho algo que me ha dejado más paz que todos los editoriales: «Cuando el bruto pone el reloj, hasta los listos acaban llegando tarde». Esta noche, si te encuentro en el puente, voy a contártelo al oído y a pedirte la mano un momento, solo para recordar que todavía hay compases que no obedecen al miedo.

Tuya.

Postdata:
Hoy también he leído Los papeles antes de escribirte.