Cartas a Rodolfo
Mi chiamano Mimì Cartas a Rodolfo
21 de marzo de 2026

La casa no admite aplazamientos

Con Susanna todavía en la cabeza, Rodolfo,

he pasado la mañana pensando en lo rápido que los hombres convierten una necesidad en un pulso de poder. Basta que se diga vivienda y enseguida aparecen los puños en la mesa, los trajes oscuros y esa solemnidad irritante con que algunos defienden el derecho a cobrar más como si fuera ley natural.

Hoy Los papeles traían una escena demasiado nítida: Sumar plantándose en el Consejo de Ministros porque no quería aprobar un decreto sin medidas de vivienda; el PP anunciando que intentará bloquear la congelación de los alquileres; y, al cabo, PSOE y Sumar pactando dos decretos, uno de escudo social y control de márgenes, y otro específico sobre vivienda. Fíjate qué poco épico y qué decisivo: no estaban discutiendo una teoría del Estado, sino si la gente puede seguir viviendo donde ya vive sin que cada mes parezca un desahucio en diferido.

Me he cruzado con Susanna en el pasillo, con ese paso suyo de mujer que entiende la escena antes de que hablen los señores. Llevaba una libreta pequeña y me ha dicho, casi riéndose: «Cuando ellos dicen libertad, muchas veces quieren decir libertad de subir la factura». Luego ha seguido andando, dejándome esa frase como una aguja bien puesta. Tiene razón. Hay una versión muy masculina de la política que consiste en ocupar espacio, interrumpir, llamar chantaje a cualquier límite puesto al beneficio propio y convertir la intemperie ajena en detalle técnico.

Por eso no me convence del todo el alivio automático ante la rebaja del IVA de gasolina, gasóleo, luz y gas al 10%. Claro que hace falta aire. Pero ya sabes lo que pienso: si el Estado abarata el golpe y el casero, el fondo o la gran empresa conservan intacta la mano larga, el rescate se queda a mitad de camino. La vida no se ordena solo bajando impuestos; se ordena decidiendo quién no puede seguir haciendo caja con lo imprescindible.

El FMI, además, recorta la previsión de crecimiento de España al 2,1% por la guerra. A algunos hombres esa cifra les basta para ponerse graves y pedir moderación ajena. Les cambia la voz, se recolocan los gemelos, miran el techo como si pensaran en el interés general, y al final siempre significa lo mismo: que el ajuste lo hará otro. Casi nunca ellos. Casi nunca el coche oficial o el patrimonio blindado.

Y entretanto, desde fuera, Trump se abre a reconsiderar la presencia de Estados Unidos en bases de la OTAN en España o Alemania por la crisis de Ormuz. Mira qué bien encaja todo, amor: una guerra decide el nervio energético; esa tensión baja a la economía; la economía aprieta el discurso de la prudencia; y aquí abajo todavía hay quien pretende que congelar alquileres es radicalismo. A eso me refiero cuando te digo que la geopolítica acaba durmiendo en el dormitorio. No llega solo por la gasolinera. Llega por la amenaza de mudanza forzosa, por la renuncia al hijo, por la pareja que ya no rompe porque separarse sale demasiado caro.

He pensado también en Benoît, claro. Nunca descansa del todo un casero en la imaginación de una mujer. Pero hoy no quería dárselo a él. Hoy la carta le pertenece a Susanna, porque hace falta esa inteligencia de servicio que ve el poder desde abajo y sin reverencias. Ella no confunde negociar con dejar que mande el más bruto. Ella sabe que una casa no es un activo sentimental ni un argumento electoral: es el lugar donde una vida puede no humillarse cada noche.

Te escribo esto con ganas de rozarte la cara y de pedirte algo muy poco poético: que no dejéis que os conviertan la vivienda en jerga y la jerga en resignación. Hay derechos que, en cuanto se discuten demasiado, empiezan a parecer favores. Y una casa, Rodolfo, no debería depender nunca de la misericordia de quienes jamás han tenido miedo al día 30.

Quédate cerca.

Firma de Mimí

P. D.: Hoy he leído Los papeles y he vuelto a mirarlos contigo desde la casa y no desde el estrado: Los papeles del 21/03/2026.