Mi querido Rodolfo,
Hoy he leído el día como se leen las malas partituras: con el presentimiento de que alguien ha decidido que el miedo sea política pública. Te hablo de hechos concretos, de esos que no admiten maquillaje: un avión cisterna de Estados Unidos se estrella tras ataques iraquíes y deja seis muertos; aquí, Albares justifica el cese de la embajadora en Tel Aviv en plena escalada con Israel; y, mientras tanto, la luz en España salta de cero a ciento setenta euros en apenas cuatro horas.
No son tres titulares sueltos, amor. Son tres golpes en el mismo compás: guerra que se acerca, diplomacia en tensión y vida cotidiana convertida en campo de pruebas. Luego llegan las promesas de escudo social y energético, pero el cuerpo social ya va tarde: cuando una familia mira el contador con angustia, la geopolítica ha dejado de ser internacional y se ha vuelto doméstica.
Hoy Scarpia habría sonreído con esa calma suya de despacho: no hace falta gritar cuando el tablero está inclinado. El poder aprende a dosificar el susto, a volverlo hábito, a vestir de responsabilidad lo que no deja de ser intemperie administrada.
Y mientras aquí se pide paciencia, en la economía se repite el libreto de siempre: Bruselas aprieta el corsé fiscal, Iberia anuncia un ajuste “voluntario” para 996 empleados, y los mercados castigan al menor olor a inestabilidad. Cambian los nombres, no la lógica: el riesgo se socializa, la protección se condiciona.
He estado un rato con Violetta, y me ha dejado una frase clavada en el pecho: lo elegante también puede ser cruel. Tiene razón. Hay crueldades que no levantan la voz; se firman en perfecto lenguaje técnico. Se llaman eficiencia, realismo, contención. Pero debajo siguen estando los mismos nervios, las mismas renuncias, la misma dignidad reducida a cálculo.
En la transición energética también se juega una verdad incómoda. Si la transición se financia con precariedad ajena, no es transición justa: es desplazamiento de coste con barniz verde. La ecología política no es un folleto; es decidir quién paga el puente entre el modelo viejo y el nuevo, y quién manda durante el trayecto.
Te escribo porque amar, en este tiempo, también es negarse a la anestesia. Amar es no aceptar que vivir con miedo sea normal. Amar es insistir en que la protección real vale más que mil comparecencias solemnes.
Yo no quiero un país disciplinado por el susto. Quiero un país que reparta seguridad material antes que sermones de aguante.
Siempre tuya.

P. D.: Hoy he leído estos papeles para escribirte con los pies en la tierra: Los papeles de hoy.