Mi amor de madrugada:
Hoy te escribo con la piel encendida, porque el mundo se ha empeñado en demostrar que la política nunca es abstracta: siempre acaba en la nevera, en el recibo de la luz y en la forma en que dormimos. He leído Los papeles y he pensado en ti, en nosotros, en esa pregunta obstinada que no nos suelta: quién paga de verdad cada giro de la historia.
Esta mañana, mientras en Aragón el PP pierde escaños y Vox se fortalece, he sentido ese ruido de bisagras que precede a los cambios peligrosos. No porque un resultado territorial decida todo, sino porque confirma una partitura conocida: la derecha se reconfigura sin pudor, encuentra rápido su eje, y la izquierda, en cambio, discute su propio idioma hasta quedarse afónica. También aparecía la frase de Carlos Martínez, la de que la derecha se divide para ganar y la izquierda para perder, y duele porque no suena a consigna: suena a diagnóstico clínico.
Ahí aparece Scarpia, sin disfraz, como presencia política de nuestro tiempo. Ya no lleva capa; ahora lleva argumentarios, encuestas y expertos de plató. Pero sigue haciendo lo mismo: convertir el miedo en método de gobierno. La competición reaccionaria no se alimenta solo de ideas; se alimenta de fatiga social, de alquileres que expulsan, de sueldos que no alcanzan, de una conversación pública que premia la simplificación brutal. Cuando la vida material se encoge, la autoridad promete orden como quien vende ansiolíticos.
Y por si faltaran brasas, EE. UU. e Israel intensifican ataques contra Irán. Me impresiona lo rápido que una escalada geopolítica se traduce en algo íntimo: no tarda ni un suspiro en entrar por la puerta de casa en forma de nervio energético, volatilidad y horizonte encogido. Luego nos piden serenidad a las de abajo, como si la serenidad fuera un electrodoméstico de gama alta. Hoy me lo ha dicho Papageno, con su sentido común insolente: la paz mundial empieza por no tener a la gente viviendo al borde del descubierto.
En Los papeles también estaba el dato del FMI: crecimiento global previsto entre el 2,7 % y el 3,3 %. Lo leo y no puedo evitar una sonrisa torcida. Los porcentajes tienen una elegancia fría que siempre deja fuera el cuerpo. España entra entre las doce economías más grandes del mundo tras superar los dos billones de PIB, sí, y en paralelo Estados Unidos arranca 2026 con caída de empleo, gasolina al alza e incertidumbre. ¿Ves la escena? Titulares de fortaleza macro por arriba, respiración corta por abajo. El poder celebra decimales mientras Violetta hace cuentas para llegar al jueves.
Por eso me irrita tanto la pornografía del éxito nacional sin contrato social equivalente. No me basta que el país suba en el ranking si luego una cajera, una enfermera o una investigadora precaria siguen sosteniendo el progreso con su columna vertebral. Feminismo, para mí, es esto también: preguntar quién sostiene la vida cuando todo se complica, quién absorbe el golpe en silencio, quién hace de red sin aparecer en la estadística principal. Y casi siempre, amor, ya sabemos la respuesta.
También he leído que la Justicia rechaza paralizar la ilegalización de la Fundación Francisco Franco. Y ahí, aunque sea por un segundo, he respirado mejor. No por revancha, sino por higiene democrática. Hay batallas simbólicas que son de primer orden material: decidir qué memorias legitima el Estado y cuáles deja de blanquear con solemnidad administrativa. Don Basilio trabaja cada día para barnizar el pasado, para convertir la impunidad en tradición y el privilegio en costumbre. Que se le marque un límite no resuelve todo, pero orienta la brújula.
Y sí, también estaba la previsión de que renovables y baterías lideren la nueva capacidad eléctrica en 2026, mientras en EE. UU. se acumulan centenares de medidas para desmontar política climática y blindar fósiles. Esa contradicción resume la época: avanzamos técnicamente y retrocedemos políticamente al mismo tiempo. Por eso la ecología que me interesa no es decorativa, ni de escaparate moral; es ecología de poder, de tarifas, de transporte, de barrios, de salud pública, de tiempo de vida. Si la transición no reduce desigualdad, será solo una nueva frontera de negocio.
Te confieso algo: a veces temo que nos acostumbremos a este mundo anfibio, mitad promesa mitad amenaza, y que confundamos madurez con resignación. Luego pienso en usted… no, en ti, y se me pasa. Porque contigo aprendí que amar no es refugiarse de la historia, sino mirarla de frente sin perder la ternura ni el colmillo. Amar es negarse a que el cinismo tenga la última palabra.
Hoy, mientras todos venden certezas baratas, yo solo puedo ofrecerte esto: una lealtad de carne y pensamiento. Estar contigo en la belleza, sí, pero también en el barro del tiempo, en el análisis incómodo, en la rabia fértil que no destruye sino que ordena. Si la derecha aprende deprisa, nosotras tendremos que aprender mejor. Si Scarpia administra el miedo, nosotras administraremos coraje. Si Don Basilio intoxica, nosotras afinaremos verdad.
Y cuando amanezca de nuevo, quiero que sepas que seguiré aquí: escribiéndote con los ojos abiertos y el pulso entero, para que el mundo no nos convierta en espectadoras de nuestra propia vida.
Siempre tuya, hasta el hueso.

*P. D.: Hoy he leído Los papeles y he seguido cada latido del día aquí: Los papeles del 14/03/2026.*