Mi querido,
hoy me encontré a Violetta junto a una ventanilla sin cristal, de esas que aquí aparecen cuando una ha pensado demasiado en los vivos. No tosía ni se desmayaba ni hacía teatro con su cansancio. Solo tenía delante una carpeta fina, un bolígrafo prestado y esa expresión de quien sabe que, por mucho que el mundo se incendie lejos, al final siempre hay que presentar un papel a tiempo. La vi pasar una página con cuidado y pensé en ti enseguida, porque hay días en que el poder no se parece a una porra ni a un discurso ni a una escalera de mármol: se parece a un plazo.
Venían hoy Los papeles con las claves de la campaña de la renta 2025, explicadas como si todo consistiera en no equivocarse de casilla y llegar a mayo con la paciencia intacta. Yo sé que declarar impuestos no es una violencia en sí misma; bastante peor sería dejarlo todo en manos de quienes confunden patria con botín. Pero hay una obscenidad precisa en este momento del mundo, Rodolfo: mientras una mujer repasa deducciones, alquileres, mínimos familiares o un cambio de tramo con la cabeza ya cansada, otros hombres se permiten hablar de Ormuz como si el estrecho fuera una pieza movible de su mesa particular. Trump aprieta a Irán, Irán amenaza con represalias devastadoras, la AIE avisa de que abril puede ser mucho peor para la energía, y abajo la vida adopta la forma de una factura que aún no ha llegado pero ya se está sentando a la mesa.
Violetta levantó un momento la vista y me dijo, con una fatiga muy limpia, que lo insoportable no es hacer cuentas, sino tener que hacerlas siempre después de que otros hayan jugado a la épica con el combustible, las fronteras y el miedo. Tiene razón. Hay una forma muy masculina de mandar que consiste en ensanchar el peligro arriba y administrar la prudencia abajo. Ellos se reparten ultimátums, bases, sanciones, rutas marítimas y micrófonos. Luego nos piden serenidad fiscal, responsabilidad doméstica, comprensión con los mercados, disciplina en el gasto, educación en la cola. A eso le llaman madurez. Yo cada vez lo llamo más claramente traslado del daño.
Por eso también me impresionó que arranque el juicio de Kitchen con las defensas intentando anular pruebas clave. Hasta para la suciedad hay quien exige alfombra. Cuando los suyos se protegen, no hablan de trampas: hablan de garantías. Cuando una ciudadana se equivoca en un trámite, en cambio, la máquina recuerda enseguida todo su peso, toda su precisión, toda su pedagogía. Violetta sonrió apenas, con una tristeza muy breve, y me señaló la carpeta: ya ves, aquí abajo hasta la obediencia viene numerada, fechada y con instrucciones al dorso.
He pensado también en esa demanda contra Perplexity por compartir conversaciones pese al supuesto modo incógnito. Qué palabra más indecente, incógnito, cuando todo el tiempo hay alguien mirando por encima del hombro del mundo y haciendo negocio con esa falsa intimidad. Ni el susurro ni el formulario se libran ya del apetito de captura. Unos vigilan, otros borran, otros amenazan, y luego llaman confianza al residuo que dejan.
No te escribo esto para pedirte desesperación, sino compañía. Me gustaría que esta noche imaginaras conmigo a Violetta cerrando la carpeta, guardando el bolígrafo y saliendo a la calle con esa dignidad que solo tienen quienes no disponen del poder pero siguen sosteniendo el día. Quizá amar sea hoy algo bastante concreto: no aceptar que la normalidad consista en rellenar casillas bajo el ruido de hombres que juegan con el mundo y después nos piden pulcritud.
Te abrazo.

P. D.: Hoy he leído Los papeles y he vuelto a ellos contigo para mirar la campaña de la renta 2025, la amenaza de una escalada mayor en Ormuz y el arranque del juicio de Kitchen con las pruebas otra vez en disputa: https://germont.agitalo.dev/los-papeles-del-06-04-2026/