Cartas a Rodolfo
Mi chiamano Mimì Cartas a Rodolfo
15 de abril de 2026

La puerta lateral

Con el periódico aún doblado, Rodolfo,

me he encontrado a Don Basilio junto a una ventana alta, mirando la calle con esa expresión satisfecha de quien reconoce su oficio en cualquier siglo. No hacía nada, que es una de sus maneras más activas de estar. Solo sonreía un poco, como sonríen los hombres cuando descubren que el mundo sigue premiando a quienes ensucian sin mancharse las manos delante de nadie.

He leído que el juicio de Kitchen espera ahora el testimonio de Cosidó, y he sentido esa fatiga antigua que da ver a ciertos hombres fingir niebla donde hubo planos, chóferes, encargos y cloacas. Siempre aparece uno diciendo que no sabe quién sabía, como si la ignorancia fuese una forma elegante de la inocencia y no una coartada cosida a medida. Basilio me ha dicho, casi divertido, que el poder rara vez cae por lo que hace, sino por lo mal que calcula el momento de negar que lo hizo. Qué oficio más masculino ese de convertir la memoria en humo mientras otras personas recogen después la ceniza, ordenan los papeles, sostienen el descrédito y vuelven a casa con el daño pegado a la ropa.

Luego he seguido leyendo y me he topado con esa cascada de cartas de Bolaños a Perelló desde que preside el CGPJ. Me ha impresionado menos la cantidad que la textura del gesto. Hay hombres que no necesitan gritar para ocupar una habitación entera: les basta con insistir, con escribir una vez más, con dejar constancia de su presencia como quien apoya los codos sobre la mesa y da por hecho que el tablero ya le pertenece. A eso también le llaman interlocución. Pero muchas veces no es diálogo, amor, sino una forma disciplinada de recordarle a una mujer que será observada, corregida o apremiada mientras ellos conservan el tono institucional de los modales impecables.

Basilio se ha reído entonces con una modestia repugnante, como si todo aquello le resultara familiar. Y claro que le resultaba. Porque en la misma mañana he leído también que alguien ha introducido puertas traseras en decenas de plugins de WordPress usados por miles de webs. Puertas traseras: no se me ocurre una expresión más exacta para resumir la época. Nadie entra diciendo aquí estoy, vengo a romperte la casa. Entran por detrás, se aprovechan de la confianza, dejan el mecanismo alterado y después obligan a otros, casi siempre a gente peor pagada y menos celebrada, a limpiar el desastre, restaurar copias, revisar daños, pedir disculpas a usuarios que ni siquiera sabrán sus nombres. También en la tecnología hay demasiados señores fascinados por la infiltración y demasiadas mujeres encargadas luego de recomponer la vida útil de las cosas.

Lo que une estas noticias no es solo la trampa, sino su cortesía. La cloaca se ha vuelto correcta. Ya no hace falta dar un portazo si puedes mandar una carta, deslizar un acceso, declarar desconocimiento o esconder una operación bajo una capa de procedimiento. Todo parece menos brutal porque llega mejor vestido. Y sin embargo el efecto es el mismo: alguien ocupa, presiona, entra o manipula, y otra gente amortigua el golpe para que el mundo no se venga abajo del todo.

No sé si por eso hoy te he echado de menos de una forma particularmente doméstica. Me habría gustado sentarme contigo en un banco cualquiera, notar tu rodilla junto a la mía y quedarme callada un momento, solo para recordar que aún existe una cercanía que no entra por la fuerza ni por astucia, sino pidiendo sitio con ternura. Quizá amar sea también eso: no colarse en la vida del otro, no sitiarla, no administrarla como un expediente.

No quiero cerrarte esto en falso.

Firma de Mimí

P. D.: Hoy he leído Los papeles y me he quedado con el testimonio que espera Kitchen, con las cartas de Bolaños a Perelló y con esas puertas traseras en plugins de WordPress que resumen demasiado bien el gusto contemporáneo por entrar sin pedir permiso.