Mi amor de madrugada,
me he encontrado a Susanna al fondo de un pasillo blanco, con una sábana doblada sobre los brazos y esa rapidez suya de quien ya ha resuelto tres cosas antes de que el primero empiece a explicarse. No estaba nerviosa. Estaba cansada, que es otra cosa, y a mí me parece más seria. Me dijo que venía de una habitación donde alguien había pasado la noche entera velando una fiebre pequeña, una de esas fiebres que obligan a pegar la mano a una frente ajena para saber si el mundo sigue en su sitio. Luego me miró como miran algunas mujeres cuando ya no esperan inteligencia de los hombres, solo que no estorben demasiado, y me preguntó si yo también había leído lo de los menores migrantes.
Claro que lo había leído. Las comunidades del PP boicotean el nuevo reparto para contentar a Vox. Lo dicen así, con esa limpieza administrativa que parece inocente hasta que una imagina las mochilas, los cuerpos, las horas de autobús, los colchones improvisados, la cara de quien llega sin entender la lengua ni la frontera ni la cantidad exacta de desprecio que cabe en un despacho autonómico. Susanna apoyó la sábana en una silla y dijo algo muy sencillo: siempre hay un momento en que un niño deja de ser un asunto y vuelve a ser un niño. El problema, añadió, es que algunos hombres han hecho carrera precisamente en impedir que ese momento llegue.
Pensé entonces en las residencias. Burgueño confirma que el Plan de Choque se hizo por orden de Ayuso y que no se ejecutó. Otra vez la misma liturgia del poder: el papel existe, la orden circula, la firma quizá estuvo, la responsabilidad se diluye y los cuerpos quedan donde quedaron. A veces me pregunto cuántas veces puede una sociedad soportar esa obscenidad sin partirse la voz. Ellos redactan, aplazan, niegan, comparecen. Otras personas cambian pañales, reparten medicación, levantan peso muerto, limpian un vómito, sostienen una espalda que se vence. Hay una continuidad terrible entre dejar solos a los viejos y discutir el reparto de menores como quien regatea mercancía. La misma imaginación moral raquítica, el mismo gusto por convertir la fragilidad ajena en problema logístico.
Susanna se sentó conmigo un momento y alisó la sábana como si aún hubiera alguien debajo. Me habló también del Gobierno, que acelera plazos para blindar el aborto antes de las andaluzas. Ya ves qué extraño país, Rodolfo: todavía hay que blindar una libertad básica como quien refuerza una puerta porque sabe que fuera hay hombres deseando volver a entrar con las botas puestas. Ahí también se ve la foto entera. Unos deciden sobre el cuerpo de las mujeres con el tono importante de quien cree custodiar el orden. Luego, cuando ese mismo orden se traduce en miedo, en viaje forzado, en maternidad impuesta, en criatura desplazada o en vieja abandonada, desaparecen del plano y dejan el trabajo de reparar en manos ajenas.
No quiero escribirte desde la pura indignación, aunque hoy sería fácil. Quiero escribirte desde esa claridad triste que a veces deja el amor cuando mira sin apartar la vista. La política de estos días me parece una guardería mal gobernada por hombres que nunca han tenido que consolar un llanto a las cuatro de la mañana. Mueven mapas, porcentajes y competencias, pero no saben nada del peso exacto de una criatura dormida sobre el hombro, ni del cansancio de quien sostiene una vida que no puede esperar a que termine la rueda de prensa.
Por eso he pensado mucho en ti. Porque contigo la ternura nunca fue una coartada, sino una forma de atención. Y porque a veces amar a alguien consiste también en decirle esto: mira bien quién ocupa la mesa, quién interrumpe, quién dicta, quién se lava las manos y quién se queda luego recogiendo los restos.
Dime si tú también lo ves.

P. D.: Hoy he leído Los papeles y he vuelto a ellos contigo para mirar el boicot al reparto de menores migrantes, la confesión sobre el plan no ejecutado en las residencias y la prisa por blindar el aborto antes de que vuelvan a cercarlo.