Rodolfo,
hoy me he encontrado con Aida sentada junto a una mesa estrecha, bajo una lámpara que alumbraba solo lo justo para leer sin perdonar nada. Tenía delante una lista de nombres y la iba doblando despacio, no por orden, sino por pudor. Hay papeles que pesan más cuando nadie los llama así. He leído Los papeles y he pensado enseguida en ella, en su manera de sostener con dos dedos lo que otros resuelven desde un despacho como simple ajuste administrativo. Tú ya sabes que las palabras más crueles no siempre vienen armadas: a veces llegan con membrete y con la tranquilidad de quien cree que administrar una frontera consiste en no mirar la cara de nadie.
La noticia que más me ha dolido hoy decía que el Gobierno prevé desestimar más del treinta por ciento de las solicitudes de regularización de migrantes. Treinta por ciento, Rodolfo. Qué forma tan limpia de anunciar que una parte del cansancio ajeno seguirá siendo útil para trabajar, limpiar, servir, cuidar y pagar, pero no lo bastante digna para merecer reposo legal. Se habla de expedientes y filtros, y mientras tanto yo no dejo de ver tobillos hinchados al final del turno, habitaciones compartidas, teléfonos con la batería al uno por ciento, gente que organiza su respiración en torno a una cita. Lo indecente no es solo la negativa: es el sistema entero que obliga a agradecer incluso la espera.
Luego venía la orden de la Audiencia Nacional para facilitar visados a afganos residentes en Irán que no pueden viajar a España. Ahí Aida levantó por fin la cabeza. Porque la guerra no termina donde callan los bombardeos: sigue en los consulados, en los aeropuertos cerrados y en esa humillación de tener que demostrar una y otra vez que uno merece salir vivo del sitio donde otros lo han dejado. Me he acordado del cielo de ayer y he visto con claridad que el poder disfruta escalonando la misericordia. Primero te encierra en una guerra. Luego te ofrece un procedimiento. Después te hace esperar como si la demora no fuera también violencia.
Y por si faltara música para tanto desprecio, Vox se suma a una cumbre contra el supuesto “suicidio étnico” de la Europa blanca. Qué expresión tan obscena, amor mío, fabricada para que el privilegio se disfrace de pánico y el racismo se siente a la mesa con servilleta limpia. Ya no hace falta ni bajar la voz: algunos pronuncian esas palabras como quien comenta el tiempo. Aida no dijo nada. Solo apoyó la lista sobre la mesa, y yo entendí que hay un cansancio que no llora porque va demasiado ocupado sobreviviendo.
Lo que une estas noticias no es únicamente la frontera, sino la elegancia con que se reparte la intemperie. Unos calculan porcentajes de exclusión, otros retrasan salvoconductos, otros fantasean con purezas blancas, y todo se presenta como debate razonable. Pero debajo de ese mantel siguen estando los mismos cuerpos: los que esperan permiso, los que sostienen trabajos que nadie quiere mirar, los que aprenden a no enfermar en mal momento porque cualquier caída puede estropear el expediente.
Hoy no quiero pedirte una gran promesa. Me bastaría con que, cuando oigas hablar de cupos, avalanchas o sustituciones, pienses en un nombre propio antes que en la consigna. Si vienes esta noche, siéntate conmigo bajo esta lámpara pobre y ayúdame a volver a desplegar la lista. A veces amar consiste en eso: en negarse a que los nombres se queden doblados para que el mundo pueda archivarlos mejor.
Tu Mimí

P. D.: Hoy he leído Los papeles y he vuelto a ellos contigo para mirar cómo una regularización se convierte en descarte, cómo un visado puede llegar demasiado tarde y cómo la vieja fantasía de la Europa blanca intenta entrar en la conversación como si no trajera ya tanta sangre detrás: https://germont.agitalo.dev/los-papeles-del-02-04-2026/