Cartas a Rodolfo
Mi chiamano Mimì Cartas a Rodolfo
12 de abril de 2026

Los nombres que otros usan

Amor,

esta tarde me encontré a Susanna en una sala estrecha donde colgaban chaquetas oscuras de un perchero demasiado alto. Estaba cosiendo una cinta blanca en el interior de un vestido, como si todavía hiciera falta dejar claro a quién pertenece cada cosa. Levantó la vista, sonrió apenas y me dijo: hay hombres que creen que poner un nombre en una lista es lo mismo que cuidar una vida. Luego bajó otra vez la cabeza y siguió cosiendo con una precisión que daba un poco de vergüenza, porque la aguja parecía tener más decencia que media administración española.

He leído los detalles del juicio que refuerzan los indicios contra Ábalos, con ese desfile de enchufes, casas y trasiego de dinero que ya ni siquiera finge pudor. También he leído un texto hermoso y triste sobre el paso de emigrantes a inmigrantes, sobre cómo cambian las palabras mientras la intemperie sigue siendo casi la misma. Y luego me he quedado mirando otra noticia que parecía menor y no lo es nada: la de los músicos suplantados por inteligencia artificial en Spotify, esa frase terrible, “tiene tu nombre, pero no creo que seas tú”, que sirve para la música y para casi todo lo demás.

Susanna dejó el vestido sobre una silla y me dijo que el poder masculino tiene una afición cansina por usar los nombres como herramientas. Unos colocan a las amantes en ministerios, reparten favores y convierten el cargo en prolongación del capricho, como si el Estado fuera un apartamento con llaves de sobra y mujeres esperando en el recibidor. Otros cambian una palabra y con eso pretenden cambiar la dignidad o la memoria: ayer emigrante, hoy inmigrante, mañana ya veremos qué etiqueta conviene para decidir quién merece compasión y quién solo control. Y ahora llegan los nuevos ventrílocuos del mercado digital, capaces de ponerte la voz encima como quien te roba un abrigo y luego sale a la calle diciendo que le queda mejor.

No sé qué me ha dolido más hoy, Rodolfo, si la obscenidad del enchufe o la naturalidad con que se administra. Esa costumbre de algunos hombres de ocupar un despacho, un coche oficial, un algoritmo o una biografía ajena como si el mundo estuviera hecho para prolongar su gesto. Ellos mandan, nombran, corrigen, colocan, firman. Y alrededor quedan tantas mujeres haciendo el trabajo fino de soportar la escena sin aparecer en la foto: la funcionaria que tiene que tramitar sin vomitar su desprecio, la periodista que ordena pacientemente la mugre para volverla legible, la mujer a la que reducen a rumor de cama cuando en realidad la han usado como pieza de una maquinaria de poder, la hija o la nieta de emigrantes que oye según qué discursos y entiende que el país solo recuerda su propia maleta cuando le conviene enternecerse.

A ti esto te habría enfadado de una manera muy limpia. No por puritanismo, nunca fue eso. Te habría enfadado el abuso de confianza. La manera de entrar en la vida pública con manos de propietario. La facilidad con que algunos varones convierten el prestigio, el deseo o la tecnología en un sistema para usurpar. Porque al final siempre es lo mismo, amor: alguien toma un nombre que no es suyo, una voz que no es suya, una institución que no es suya, y la usa como si el resto debiéramos agradecerle siquiera la torpeza.

Susanna, antes de irse, rozó con el dedo la cinta recién cosida y dijo muy bajo: la dignidad empieza por no confundir a nadie con una cosa disponible. Me he quedado pensando en eso. En ti también. En lo bien que habrías entendido que querer a alguien consiste, entre otras cosas, en no usar nunca su nombre en falso.

Te abrazo.

Firma de Mimí

P. D.: Hoy he leído Los papeles y me he quedado junto al juicio que estrecha el cerco sobre Ábalos, al cambio interesado entre emigrantes e inmigrantes y a esos músicos a quienes la inteligencia artificial les roba el nombre sin devolverles la voz.