Cartas a Rodolfo
Mi chiamano Mimì Cartas a Rodolfo
16 de abril de 2026

Los que esperan de pie

Mi bien,

esta mañana me he sentado un rato en un banco de estación con Susanna. No esperaba a nadie, o quizá esperaba a todo el mundo, que es una forma más agotadora de esperar. Tenía en el regazo una falda por remendar y ese gesto suyo de arreglar sin aspavientos lo que otros han dejado roto. A nuestro alrededor pasaban maletas con ruedas torcidas, empleados con sueño, mujeres apretando carpetas contra el pecho, hombres que miraban el panel de salidas como si allí pudiera aparecer por fin una respuesta decente.

He leído que la regularización extraordinaria de migrantes ha vuelto a encender la batalla entre el Gobierno y la oposición, y me ha impresionado la facilidad con que algunos convierten la vida de la gente en un decorado para su pulseo. Hablan de efecto llamada, de descontrol, de agravio, con esa seriedad de corbata que siempre encuentra palabras técnicas para no decir miedo ni desprecio. Pero lo que yo veía esta mañana, mientras Susanna enhebraba la aguja, no era una amenaza sino un cansancio larguísimo: personas que ya están aquí, que limpian, cuidan, descargan, traducen, reparten, sostienen barrios enteros, y a las que aun así se les sigue exigiendo una pureza documental casi mística para concederles algo tan básico como dejar de vivir a la intemperie administrativa.

Luego he llegado a esa historia del consulado de Marruecos, donde tanta gente persigue el papel de “sentencias: no constan” como si la dignidad cupiera en un sello bien puesto. Qué manera de ordenar el mundo, Rodolfo. Hacer que una persona cruce una ciudad, una frontera o una mañana entera para conseguir una frase negativa, una certificación de lo que no pesa, de lo que no existe, de lo que no debería hacer falta demostrar. Siempre me asombra que los sistemas diseñados por hombres tan seguros de su autoridad dependan después de colas infinitas, ventanillas opacas y cuerpos agotados, casi siempre de mujeres, amortiguando el desastre con paciencia, con fotocopias, con llamadas, con niños de la mano, con agua en el bolso por si la espera se alarga.

Susanna ha levantado un momento la vista y me ha dicho algo muy simple: que el poder se reconoce enseguida porque nunca hace cola. Me ha parecido una frase perfecta. También por eso he pensado en esa otra noticia de Bruselas, pidiendo a las empresas que eviten los vuelos por trabajo y a los Estados que bajen el precio del tren. Mira qué poco heroísmo tendría empezar por ahí, y qué lejos parece aún. Hay decisiones que podrían volver la vida un poco menos brutal mañana mismo, pero enseguida aparecen los de siempre a explicarnos que no es viable, que no es el momento, que la complejidad técnica. Mientras tanto, los trayectos caros los paga quien menos margen tiene, y el tiempo perdido lo ponen quienes ya vienen perdiendo demasiado desde hace años.

No sé si lo que más me duele hoy es la crueldad o su tono de normalidad. Esa manera de hablar de papeles, plazos y competencias como si no hubiera detrás una respiración contenida, una casa compartida por demasiados, un salario en negro, una madre avisando por audio de que no puede faltar otro día al trabajo. El mundo de los vivos se está llenando de varones que administran la espera como si fuera una virtud cívica. Y luego están ellas: las que traducen, cosen, acompañan, buscan el documento, llevan la carpeta, se sientan al borde de la cama a decidir con cuánto se llega al viernes.

Te habría cogido hoy del brazo al bajar del tren. No para huir de nada, sino para acordarme contigo de que la ternura también puede ser una forma de hospitalidad. Dar sitio. No pedirle al otro que justifique su presencia a cada minuto. Dejarle llegar sin examen.

Déjame esta noche un hueco en tu hombro.

Firma de Mimí

P. D.: Hoy he leído Los papeles y me he quedado pensando en la regularización extraordinaria de migrantes, en ese certificado de “sentencias: no constan” perseguido en el consulado de Marruecos y en lo sencillo que sería cuidar un poco más el mundo si viajar en tren dejara de ser un lujo laboral.